Inici » Ya disponible ‘Anónimos, más allá de las apariencias’
Portada del libro Anónimos de fotografía y relatos de Joan Linux y Mario Ortiz

Ya disponible ‘Anónimos, más allá de las apariencias’

Hace poco más de un año que iniciamos esta nueva aventura y hoy podemos anunciar que, ¡finalmente!, lo tenemos disponible en forma de libro.

Pronto anunciaremos la primera fecha de presentación, pero por el momento podéis adquirirlo en nuestra tienda virtual para tenerlo en formato físico.

Como aperitivo hemos decidido publicar uno de los relatos cortos que, junto a otros diecinueve más, conforman este libro. Así que …

Sumérgete en un viaje intrigante y revelador con Anónimos. Más allá de las apariencias, una obra que combina la fotografía y la narrativa para explorar la complejidad del rostro humano como espejo del alma. A través de una serie de retratos cautivadores, cada uno acompañado de una historia novelada, este libro invita al lector a reflexionar sobre las percepciones y prejuicios que moldean nuestras interacciones diarias.

Desde la vida de Marina, una joven napolitana atrapada en un destino sombrío, hasta Joanet, un adolescente del Poblenou que navega por el caos de su juventud desenfrenada, cada relato es un testimonio de luchas internas y transformaciones personales.

Las imágenes de Joan Linux capturan expresiones que ocultan mundos enteros, mientras que los relatos de Mario Ortiz tejen un tapiz emocional que desafía las apariencias. Anónimos es una experiencia visual y literaria que te llevará a cuestionar cómo miramos y juzgamos a los demás.

Atrévete a descubrir qué hay más allá de las apariencias.


Guillermina Torres, ‘Mina’

Una jipi de mercadillo

Mina era oriunda de un pequeño pueblo cercano a Montblanc. Nació, creció y estudió a la orilla del río Francolí, donde solía pasar horas y horas sintiendo el rumor de la corriente deslizarse entre las piedras mientras su fantasía infantil corría juguetona aguas abajo hasta llegar a un mar que conoció cuando cumplió los diez años.

Aquel mágico encuentro desarboló su tierna imaginación —acostumbrada como estaba a corretear sin rumbo entre la vegetación de un exiguo bosque de ribera— y apuntaló su deseo de viajar más allá de aquel inmenso y misterioso horizonte azul.

Durante las vacaciones escolares, en ocasiones, solía ayudar a su abuela en la tarea de trenzar cestos, canastas y enseres de cocina con esparto y juncos de ribera. Se las podía ver durante las largas tardes de verano sentadas bajo la sombra de un limonero con un canasto o un sombrero a medio hacer charlando animadamente o en el mercadillo de Montblanc, los viernes por la mañana, sentadas detrás de un tenderete repleto de banastas y cestas artesanales.

Cuando por fin acabó el bachillerato consiguió un empleo para aquel verano. Iba a trabajar junto a un par de amigas en un hotel de San Antonio Abad, Ibiza. A principios de los setenta la isla ya era un conocido refugio de artistas y diseñadores y un ambiente de tolerancia y libertad —único en la España de la época—, propiciado por el fenómeno del turismo, reinaba en la isla. Eran los años dorados del flower power y había jipis, sobre todo americanos e ingleses por todas partes. Sus divisas hicieron florecer a una comunidad eminentemente rural y transformó profundamente su economía y valores.

Mina ya no se fue, estaba enamorada de la isla y su gente. Empalmó contratos y cambió de hotel en varias ocasiones hasta que, al fin, trabó una sólida amistad con una ibicenca de su edad, se trasladó a una casita con huerto y jardín propiedad los padres de su amiga y montaron un pequeño taller donde lo aprendido de su abuela le fue de gran utilidad.

Consiguieron un buen puesto en el mercadillo jipi de San Antonio y comenzó la mejor etapa de su vida. Los bucólicos inviernos de trabajo en el taller y los bulliciosos veranos con todo aquel gentío yendo de un lado a otro casaban perfectamente con su temperamento.

Con el paso de los años se fueron haciendo un nombre, montaron un taller y contrataron a varias personas. Poco a poco, casi sin quererlo, fue cambiando al ritmo que lo hacía la isla. El flower power desapareció a la par que drogas y discotecas fueron ganando más y más terreno, y cuando se quiso dar cuenta se había convertido en una empresaria a la que, como la isla, de jipi solo le quedaba la apariencia.

Lo que antaño le pareció un paraíso de veranos revoltosos, se había transformado en un interminable, agotador y frenético ir y venir de turistas borrachos y empastillados buscando bronca por todas partes.

De ahí el gesto ceñudo de la foto, nada que ver con el de la taquillera de metro jubilada con un mal día a cuestas que aparenta a primera vista. A sus ojos, la isla se había ido corrompiendo año tras año hasta convertirse en una sólida máquina de hacer dinero, donde todo el mundo aparentaba lo que no era con tal de seguir atrayendo visitantes a toda costa.

Y, a pesar de todo, allí continuó hasta el final de sus días, echando de menos las riberas del río Francolí y sabiéndose atrapada en un sueño de juventud que había dejado de existir hacía mucho, mucho tiempo.